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"El Sur de los Viajeros",Jorge Pablo Moreno de los Santos

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EL SUR DE LOS VIAJEROS

 

“El Sur de los Viajeros”,escrita por Jorge Pablo Moreno de los Santos para Segundo Falcón.

   EL SUR  DE LOS VIAJEROS.

 

 

Jorge P. Moreno de los Santos.

                      I

      Del Sur y otros Caminos.    

No mires, en la brújula de tu corazón, viajero;

pues aquí sólo existe el Sur.

Ni mires más allá

del abrojo y de la espiga,

de los altos pinares, del grave espino

y la solemne encina.

Pues en el Sur el viaje comienza

donde todo termina.

No me traigas la tristeza del poniente,

la soledad del olivo rugiendo en la colina.

El ultraje de la cólera, la sed de los estíos,

ni el cantar desgarrado de una belleza extinguida.

Tráeme la paz de los almendros,

el atardecer en los tilos;

y los ocasos interiores

que declinan los caminos.

Respirar la eternidad  que se enredan con la brisa.

Cascabeles de agua y cántaros de luna,

y el temblor adolescente de una tierra dormida.

No puedes regresar al Sur.

No, ahora no, Viajero.

Te espera la noche cercana,

el asombro de la adelfa y de los cirios,

y la lumbre pasajera

que alumbran los pesares y el exilio.

El mesón para la pena,

la guitarra compañera,

el vino y el cantar.

El Sur se fue con el viento,

con la leyenda salvaje del mar:

olvidando sus antiguos amantes,

sus verdes soledades y su libertad.

                     II

         AGUA DEL SUR.

Para la sed de mis soledades,

agua del Sur, … quiero agua.

Agua del viejo molino,

y de la fragua templada.

Agua del vergel soñoliento,

de los sueños y sus jazmines,

de las pasiones inútiles

y de la noche herida en sus jardines.

Agua de la Sevilla sonora,

y del cielo cárdeno de Triana,

que me mira con sus añiles lujurias

desde sus abanicos de albahaca.

Agua del naranjo y la plaza,

y de la fuente pétrea y perfumada.

Agua y aceite para los candiles,

que ya desciende la noche

cantando por sus espumosas cañadas.

Agua para el sudor

del surco y del arado,

para los cansancios de barro

del barbecho y de la era,

y para las tardes preñadas

de vencejo y primavera.

Agua del Sur marinero.

Ay mi Cádiz de luz y de sal

y brisa marinera en el Mentidero.

Surtidores del Generalife.

Agua que sueña despierta

en los confines del Albaicín.

Ojos negros de la Alhambra

y afluentes de adagio y rumores

desde Cazorla hasta el Genil.

Y que el agua del Sur apague

la sed de los viajeros,

con aromas de verdes madrugadas

y oleajes de romero.

                   III

     Coplas de la Pena Negra.

Ay pena negra, pena negra,

como espinas en el aire.

Galope hacia el delirio

con espuelas de lava y sangre.

Pena negra del hastío,

de granito y de vino amargo:

como corona de zarza,

como la savia del cardo.

Ay pena negra, pena de la mala muerte.

Alacranes de la angustia

y caballo de sombra verde.

Y que la noche huya con el mar,

hacia su fin o su principio,

hacia los alabastros del alba

donde arden los estíos.

Y que regrese la mañana

por la orillita del rio.

Como un hechizo de agua,

como la flor del molino.

Ay pena de musgo amarillo,

de escombros y de alambradas.

Que el alba ya viene desnuda

como un viajero de tierras extrañas.

Y en los cañaverales del odio

existe un mediodía de arena,

para que el recuerdo se resuelva en cierzo,

en golondrina y en hierbabuena.

Y que la mañana regrese

por la orillita del rio,

como agua por las acequias,

como el sol por la higuera y el pino.

Que regrese otra vez la mañana,

que regrese por el corazón de los hombres,

mojada de bruma y tomillo,

desnuda y entregada

como la flor del molino.

                IV

      Pólvora Mojada.

Palomas terribles vuelan

por las murallas de la Alhambra.

En los ramajes del insomnio,

sobre la noche difícil

de los cielos de Granada.

Y una luna de brea agoniza

en el filo de heladas navajas.

Y por los montes se pierde tu nombre,

entre calaveras de bronce y pólvora mojada.

Ay Federico: jinete verde,

toro ciego, relámpago gitano.

Ay Federico. Federico de Granada.

De agua oculta que llora

en las almenas del alba.

¿ Y quién besará tu dulce esqueleto

confundido en la retama,

en el plomo desnudo de tanta muerte

amontonado en tus ojos de porcelana.?

¿ Y quién gritará tu sangre ultrajada.?

En las tumbas sin nombre,

y en los cuervos de la madrugada.

Palomas terribles vuelan

por las murallas de la Alhambra.

Y el Sur se estremece de muertos azules,

y se tizna de azucenas, y de pólvora mojada.

Luto rugiente del Albaicín.

Y que alguien cierre tus ojos

de penumbra amortajada.

Que la muerte cabalga sola.

Ay Federico. Federico de Granada.

                   V

          Luz de Sevilla.

Tarde blanca. Luz de Sevilla

que vuela a sus eternidades.

Ceremonia del vuelo, como humo dulce,

como mirra en los altares.

En la fuente del destierro,

florece la albahaca,

con sus espejitos de hiedra

y sus monólogos de agua.

Abril ya se ha dormido

en el Palacio de las Dueñas,

con las sombras de Machado,

que laboran, pasan y sueñan.

En los patios de oro, de los años venideros,

y en los prodigios del huerto claro

donde madura el limonero.

Tristeza de sedas pálidas

  1. travesías de cristal,

que el desamor pasea sus agravios

entre los claros del Arenal.

Ay Barrio de Santa Cruz.

Luz de Sevilla. Mujer de aguas morenas.

El viento es un amante infiel

que en los naranjos llora su pena.

Luz de Sevilla. Tarde blanca.

Que la vida se me escapa

por el Callejón del Agua.

Un ángel de jazmín agoniza

en las soledades de la Plaza de España,

y en la Glorieta de Bécquer

la vehemencia convoca sus arpas.

Luz de Sevilla de las tardes blancas,

de las alondras sin regreso

en el Callejón del Agua,

de las claridades errantes

en las balcones de la arrogancia.

Y que vuelva el amor, que vuelva,

buscando sus luceros malvas.

Torre del Oro en la otra orilla:

flor de San Gil y Triana.

Ay tardes del huerto claro,

y de los soles perdidos de mi infancia.

                    VI

       Noches de Atrios Callados.

La noche se ha derrumbado

con sus fragmento de calma,

con sus enredaderas de enigmas

y sus ducas de arena blanca.

Noches de atrios callados,

bajo el duro cielo del ardiente estío.

Hogueras de San Juan y fuegos fatuos:

breve amante del primer rocío.

Ay noches de la luna roja,

noches de la vieja parra,

de solitarios barbechos

y del plañir de la chicharra.

Noches de mi Andalucia,

y de aurora arrebatada.

Y de campos ensangrentados

por el desvelo y la grama.

Noches, que serán noches,

nacidas para ser amada.

Noches del pensamiento estéril,

y de silencio de olivo y plata.

Ay noches de atrios callados,

muertos anónimos de mi tierra amarga.

LLanto negro y fríos candiles,

y un desgarro sin fin en la guitarra.

Ay noches de mi Andalucía,

que ya no quiere a su mañana.

Esfinges de piedra dormida

rugen desde su antigua atalaya,

y miles de gargantas feroces

van encendiendo su rabia.

Y los muertos que dejó la guerra

vuelven a su porvenir de guadaña.

Y Andalucía se oculta

en sus disfraces de ignorancia,

y se viste de fiesta y de luces,

de copla y de charanga.

De indolencia e hipocresía

para no desnudar sus miserias,

y de caciques a caballo

por cortijos y veredas.

Ay noches de mi Andalucía,

y del desgarro y la guitarra.

Ay noche que no quiere a su día,

ni a esos soles de la injusticia

que regresan a su mañana.

                    VII

        Que las Luciérnagas te guíen.

Que las luciérnagas te guíen

por las noches aciagas,

y que las calandrias despierten el hallazgo,

de los álamos afilando sus ramas.

Hacia el ufano clamor

de la mañanita,

ay de la mañana,

de los luminosos despertares

de la luz y de la vida,

con sus ojitos tempranos,

verde, de verde oliva.

Ay escarcha, escarchita, escarcha,

ay escarcha de la mañana.

Escarcha del brocal de los pozos,

de los huertos y los aljibes

y del maítin de las campanas.

Que enfermo placer fue la soledad,

y los escombros de todo lo vivido.

Y que todo lo que he amado

sólo sea materia que vuelve a su olvido.

Y que tu, siempre seas viajero,

febril vigía de mares imposibles.

Navegante de azules puertos

y farero de solitarias aguas.

Y que los mástiles enciendan sus fanales

en los veleros de la esperanza.

…Hacia los caminos de espuma del mar,

hacia bahías mediterráneas.

Y regrese tu sangre renacida

de mistral y de hinojos trenzadas.

Que las luciérnagas te guíen

por los milagros de la amanecida.

Ay escarcha, escarchita, escarcha,

escarcha de blanca herida.

Y que las ventanas del mundo se abran

con los mares de Andalucía.

               VIII

  Soleá del Desencanto.

Mientras haya un hambriento

en el mundo. ¡ No me habléis de igualdad!.

El Cabrero.

Como me pesa la injusticia,

como cielos de plomo, como antiguas esquinas.

Y la miseria y el hambre me asfixian,

como un viento loco, aullando entre sus ruinas.

Y caballos de sangre negra,

galopan desbocados y sin brida,

por las anchas soledades del mundo,

por la sed del dolor y la rabia de la saliva.

La impotencia y la vergüenza

son mi luto y son mi vida,

del dócil mundo que pregonáis

tiznado de gangrena y de mentira.

Y la envidia se hunde en su saco roto,

y el parné es centinela para sus intereses,

y la desigualdad es un oleaje sórdido

que extiende sus amargas redes.

¡ Y no me nombréis la solidaridad!

desde los despachos o desde los altares,

que la hipocresía incendia los montes

con sonido de sucios metales.

Y que vuelva el amor, que vuelva,

con sus edades de encina,

por el corazón de los hombres

como una encendida vendimia.

Que por doler me duele hasta el aliento,

como dijo una vez, cierto poeta.

Y que la desigualdad es mi única herida,

que me sangra, me atormenta, y no me deja.

                  IX

 Córdoba para Morir.

Que no vuelva a mirarme la muerte,

desde las torres de Córdoba.

Con sus ojos de verde fario,

ay ojitos de verde plata.

Que no me mire, que no me mire…

que ya el azogue desborda la noche

rompiendo breñas y cañadas.

Ay Córdoba del Puente Romano,

del patio fugaz y solariego;

donde el aire oculta sus laúdes

y se viste con soles de albero.

Y bandoleros de oscuros presagios

cruzan tus calles cansadas.

Y en las sombras de la Judería

se recortan sus negros calites.

Ay calites con pañuelos granas,

ay alforjas de piel serrana,

y en sus recias cinturas destellan

navajas de fría amenaza.

Ay Córdoba de mi lejanía;

claroscuro de mimbre y candela.

Córdoba sultana y hereje,

y olivares de Lucena.

Y que el invierno avance despacio,

ay despacito, despacio, despacio,

por la cal de sus siglos moros

y el miserere de los geranios.

Ay inviernos de Córdoba sola,

con olor a glorias pasadas,

a jaca torda y a nubes de canela.

Que la muerte ya se ha dormido

con aromas de lumbre y de alhucema.

Ay Córdoba del Puente Romano,

y naufragios del Guadalquivir,

que los amores vienen y van,

a Sevilla para herir

y a Córdoba para morir.

                  X

Donde el Corazón te lleve.

Tan dulce como la mansedumbre,

como la cal de las tardes

bajo su sombra cobijada.

Como el magia del primer amor,

como la primera lluvia,

como la primera nevada.

Que la memoria ya se pierde

por los raíles del recuerdo:

como madejas varadas,

como laberintos de olvido,

como heridas camufladas.

Por los caminos de antaño

y rendijas para el aire leve.

Ay herrumbre de los años…

donde el corazón te lleve.

Caminito de Carmona

y trigales de la Vega.

Que Septiembre estalla en nardos,

y con premuras de carmín y seda.

Calle Real abajo,

caminito hacia la iglesia,

que el azahar ya se desboca

con ambición de mirto y de hoguera.

Calle Real abajo,

hacia la claridad dormida

del rumor de los naranjos.

Que solita se queda mi pena

deshabitada de ausencia y amores,

que mi pena me lleve siempre

al corazón de los Alcores.

Y que la nostalgia siempre me vista

de equipajes pasajeros,

y con las esencias infinitas

de las calles de mi pueblo.

                  XI

Por las calles de Orihuela.

Y volverás,

por los altos andamios de las flores,

por mi huerto, y por mi higuera.

Tu alma de perfume inquieto,

por las soleadas calles de Orihuela.

Ay Miguel,el de las tres heridas:

la del amor,

la de la muerte

y la de la vida.

Pastor del verso laborioso:

¿ cómo olvidar tu frente

florecida de almendro y de colmena.?

Tu fragor de dulce miliciano,

o tu vieja camaradería en barricadas y trincheras.

Y que se estremezca la tierra

con tus cárceles y tus huesos,

con la orfandad de tu ardiente calavera,

con tu hambre de nana y de cebolla

y tu dolor de arcana petenera.

Y que el incendio de un nuevo día

despierten los establos y los aleros.

Soldado y mártir. Ay tu rostro carcelario.

Niño del erial y de los hombres jornaleros.

Ay Miguel,

Miguel el de las tres heridas.

Miguel el de la otra guerra:

rastrojo de los vencidos.

El de el alma colmenera,

el de andaluces de Jaén, y aceituneros altivos.

Que un velamen de paz con tu nombre

bifurque el mar y rompa el cielo.

Porque aún quedaron cosas por hablar:

compañero del alma, ¡ay compañero!.

                      XII

        Turbias  Acequias.

Turbias acequias, como turbias acequias

fluyen las aguas de mi pensamiento.

Como los pesados fantasmas del infortunio

y el grito creciente de la luna y el miedo.

Y que solito me quedo a veces,

como árbol de savia demorada.

Ay abismo de salitre sin respuestas

y la pena en vuelo de calandrias.

Que no quiero quedarme solo,

en esta noche sin mundo y sin nada.

Que no quiero la nieve del sueño,

ni su desierto de horas afiladas.

Ay nieve del sueño que cae

en el invierno crucial de mi cama.

Ay desierto de horas y horas,

que cierra los goznes y enviste la calma.

Turbias acequias que arrastran,

canciones tristes de lechuzas

y estrellas desheredadas.

Y los lobos del rencor bajan del río

para morderme las entrañas.

Ay que no quiero quedarme solo

en esta noche de velas apagadas,

porque las soledades del mundo me despojan

de todo, y me desgarran la garganta.

              XIII

Candilejas del Amanecer.

Que las ventanas se abran,

a los despertares de la mañana.

Que quiero ser adviento, paz labrada,

y árbol generoso, con la alegría

ardiendo entre sus ramas.

Que no quiero recuerdos amargos,

ni malezas de tiempo perdido.

Que agua pasada no mueve molino,

agua que no quiero beber…

Ay levadura de un nuevo día,

como candilejas del amanecer.

Que mi voz arda con los sándalos

y con la servidumbre del trigo.

Que mi desgarro sea bandera de cordura

y fuente sonora en la fatiga de los caminos.

Y quiero extender la patria de mi sangre,

como redes y raíces de la libertad.

Clamores del Sur serán mis ansias,

como caracolas enterradas en el mar.

Ay agua de los resentimientos,

agua que no quiero beber.

Ay ecos de los días libres,

como candilejas del amanecer.

Y que la palabra de hombre

sea diluvio de amor y de esperanza.

Y que el Sur sea un manantial naciente,

y un ala escondida en la mañana.

                   XIV

          Caminos de la Desesperanza.

Hay hombres que caminan solos

por los filos de la madrugada,

hacia las oficinas del desempleo

y ventanillas de palabras vanas.

Ay porvenir arrebatado,

caminos de la desesperanza.

Y cada mañana es una guerra

de denso hastío y fuego cruzado,

de interminable espera, oídos sordos,

y un presente de cielo arruinado.

Transcurren los días inciertos,

vacíos y sin nadie, desolados y amargos,

de futuros destruidos y páginas en blanco.

Míseros desayunos, y penas sin azúcar

de los hombres sin nada.

Ay ojitos del infortunio, de tempranos pesares

que llenan los primeros bares.

Y el sol es un metal indiferente,

una piedra fría y apagada.

Un porvenir de hambre y de desahucio

que despiertan sus fantasmas.

Hay hombres que caminan solos

por madrugadas de espino y de hielo.

Caminos de la desesperanza

hacia los infiernos del desempleo.

XV

   Nana de la Albahaca.

En el fondo de la fuente

hay un sueño de alas blancas,

de nocturnas primaveras

y minerales añoranzas.

Y en las alcobas sombrías

la luna se peina sus trenzas de nácar,

para que el amor y el delirio

huyan por senderos de jarcias.

Ay hojitas del limonero,

hojitas de menta y de albahaca.

Que los grillos de la calima

ya cantan con sus dulzainas.

El reloj de la plaza vieja,

murmura una extraña nana,

para que la muerte no se despierte

en su cunita de junco y de jara.

Y el viento quiere ser caballo,

y la higuera tarde incendiada.

Y el ángelus sobre los campos

se derrumba en una noche clara.

Y la noche se perfuma,

de verdina y de antigua muchacha,

para que el trigo y el arroyo

se camuflen en antigua alianza.

Ay hojitas del limonero,

hojitas de menta y albahaca.

Que el amor se desnuda despacio

como el secreto de la mañana.

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